Trastornos de personalidad asociados a traumas y disociaciones

Trastorno de personalidad

La personalidad es un conjunto de características psicológicas profundas y duraderas que influyen en cómo una persona piensa, siente, actúa y se relaciona y tiene su origen en una combinación de factores genéticos como el temperamento y factores ambientales como la familia y el entorno. Su desarrollo implica operaciones mentales que construyen la imagen de uno mismo, el significado del mundo y la manera de actuar y relacionarse. Cuando estas funciones fallan en distintas áreas, pueden dar lugar a trastornos de personalidad, que afectan la vida social, emocional y cognitiva de quien lo padece.

Según el DSM-5, este trastorno se manifiesta como un patrón de conducta inflexible y desadaptativo que se aleja de las normas culturales y causa malestar o deterioro funcional en áreas como la cognición, afectividad, relaciones interpersonales y control de impulsos. En resumen, los trastornos de la personalidad surgen de la interacción entre componentes biológicos y ambientales, con la familia desempeñando un papel clave en su aparición.

1. Desarrollo de trastornos de personalidad

El desarrollo de los trastornos de personalidad está influido por factores biológicos, como la genética y el temperamento, y factores ambientales, especialmente las experiencias tempranas en la infancia. Aunque el temperamento tiene una base genética, la forma en que los cuidadores responden a las necesidades emocionales del bebé es crucial, ya que estas interacciones moldean su desarrollo emocional y de personalidad.

Un bebé sensible o irritable puede recibir respuestas menos afectuosas que un bebé tranquilo, lo que influye en cómo aprende a regular sus emociones. Cuando el vínculo entre el temperamento del niño y la respuesta de los cuidadores es positivo, el desarrollo de la personalidad tiende a ser más sano, mientras que las relaciones tensas o desajustadas pueden generar dificultades emocionales.

A veces, incluso cuando el bebé no presenta un temperamento difícil, los cuidadores pueden tener dificultades para responder adecuadamente debido a problemas personales, estrés o experiencias pasadas, lo que también afecta negativamente al desarrollo del niño. Como resultado, muchos menores crecen sin habilidades suficientes para regular sus emociones, lo que los lleva a usar estrategias disfuncionales como la agresividad o conductas disruptivas para expresar sus necesidades o emociones.

2. Apego, empatía y trastornos de personalidad

El apego es el vínculo emocional que se forma entre el niño y sus cuidadores principales, y es clave para su desarrollo emocional y su percepción del mundo como un lugar seguro. Cuando este vínculo se ve afectado por negligencia, falta de cuidado emocional o violencia, el niño puede desarrollar creencias negativas sobre sí mismo y sobre el entorno, lo que aumenta la probabilidad de futuros trastornos de la personalidad.

Las experiencias traumáticas en la infancia, incluso las que parecen pequeñas pero son persistentes, pueden impactar profundamente en el desarrollo de la personalidad y la empatía, alterando la capacidad para regular las emociones y controlar los impulsos. El apego saludable fomenta la empatía y el sentido moral, mientras que un entorno inseguro genera estrategias disfuncionales de afrontamiento, como la agresividad o la desconexión emocional. Muchas conductas observadas en trastornos de la personalidad pueden entenderse como respuestas aprendidas frente a experiencias adversas, por lo que es fundamental mirar más allá de los síntomas y comprender la historia individual de cada persona, reconociendo que debajo de una conducta problemática puede haber un profundo malestar emocional originado en vínculos tempranos inseguros.

3. Disociación estructural

La Teoría de la Disociación Estructural de la Personalidad (TDEP), propuesta por Van der Hart, Nijenhuis y Steele en 2006, explica cómo el trauma complejo interfiere en el desarrollo de una personalidad integrada y saludable. Esta teoría considera que, ante experiencias traumáticas intensas o sostenidas, especialmente en la infancia, la personalidad puede fragmentarse en distintas “partes disociativas”, cada una mediada por diferentes sistemas de acción como defensa o adaptación.

La disociación estructural ocurre cuando los sistemas biológicos, psicológicos y sociales del individuo dejan de funcionar de manera integrada, generando conflictos internos. Se describen distintos niveles de disociación: primaria (una Parte Emocional y una Parte Aparentemente Normal), secundaria (una PAN y múltiples PEs, como en el TEPT complejo o el TLP), y terciaria (múltiples PAN y PEs, como en el Trastorno de Identidad Disociativo). La Parte Emocional revive constantemente el trauma y actúa como si la amenaza siguiera activa, mientras que la Parte Aparentemente Normal evita el recuerdo del trauma para poder funcionar en lo cotidiano, aunque presenta síntomas como embotamiento o amnesia parcial.

Además, la teoría describe “fobias disociativas”, como el miedo al recuerdo traumático, a los vínculos, al cambio o a la intimidad, que impiden la integración de la experiencia traumática y perpetúan el sufrimiento.

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