herida_injusticia_connexions_terapies_integrades

La injusticia es la apreciación, el reconocimiento y el respeto de los derechos y méritos de cada uno. La persona que sufre injusticia es la que no se siente apreciada o respetada en su justo valor o que cree no recibir lo que merece. También se puede sufrir de injusticia cuando se recibe más de lo que se cree merecer. En consecuencia, la herida de injusticia puede ser causada al pensar que tenemos más cosas materiales que otros, o por el contrario, que no hemos recibido lo suficiente.

Esta herida despierta en el momento en que se desarrolla la individualidad del niño/a, es decir, entre los tres y los cinco años de edad, cuando el niño/a toma conciencia que es un ser individual y una entidad completamente aparte, con sus diferencias.

Al niño/a le parece injusto no poder integrar bien su individualidad y no poder expresarse y ser él mismo; vive esta herida, sobre todo, con su progenitor del mismo sexo. Sufre frialdad de este progenitor, en otras palabras, padece la incapacidad de éste de sentir y expresarse. No se pretende decir que todos los padres/madres que sufren injusticia son fríos, sino que así los percibe el niño/a, quien también sufre el autoritarismo de dicho padre/madre, de sus críticas frecuentes, su severidad, su intolerancia o su conformismo. En la mayoría de los casos, dicho progenitor sufre la misma herida de injusticia, la cual tal vez no experimente de la misma forma o en las mismas circunstancias que el hijo/a, pero existe y el niño/a la percibe.

Actitudes y comportamientos de la herida activada y de la máscara asociada. El rígido:

  • Quiere mostrarse vivo y dinámico, aunque esté agotado.
  • Raramente admite que tiene problemas o que algo le molesta. Si admite un problema, inmediatamente añadirá que no es para tanto, que se las apaña bien él solo, o contará cómo solucionó el problema por sí mismo.
  • Es un gran optimista que siempre quiere parecer positivo.
  • Se controla para parecer perfecto y para corresponder al ideal que se ha fijado o al que cree que los demás tienen de él.
  • Hace lo necesario por controlar su ira –aquella de la que es consciente– por miedo a perder el control.
  • Puede parecer controlador con los demás pero solo se está defendiendo porque se ha puesto en duda su propia perfección.
  • A pesar de que quiere que todo sea perfecto y justo, en ocasiones es el primero en exagerar un hecho o una acusación. Es totalmente inconsciente de hasta qué punto puede llegar a ser injusto con los demás y consigo mismo.
  • El rígido no quiere sentir. Muestra muy de vez en cuando sus sentimientos porque no sabe gestionar su gran sensibilidad. Tiene miedo de perder el control y de parecer imperfecto a los ojos de los demás.
  • De hecho, puede aparentar ser frío e insensible: así cree, y de paso los demás también, que nada le afecta. De este modo, es incapaz de establecer una relación íntima satisfactoria.
  • Es muy duro con su cuerpo y solo ocasionalmente admite estar enfermo. No siente ni el frío ni el dolor. Presume de no necesitar ni medicamentos ni médicos.
  • Cree que le aprecian por lo que hace y por su aspecto. Se mantendrá activo mientras no esté todo perfecto y terminado. Antes de darse un capricho, debe merecérselo por haber hecho un buen trabajo.
  • Se sobresfuerza, quiere mejorar su rendimiento y no respeta sus límites. Por eso le cuesta aceptar a los vagos.
  • Es especialista en el autosabotaje cuando, según él, todo va demasiado bien.
  • Todo debe ser justo, estar justificado y ser justificable. Cuando le sorprenden con las manos en la masa, se justifica inmediatamente. Para ello puede mentir y, por temor a que los demás se den cuenta, prepara por adelantado sus justificaciones.
  • No puede evitar interrumpir a alguien que no ha sido justo en sus propósitos, creyendo que así le ayuda. Critica fácilmente a todos aquellos que no actúan como él cree que es perfecto y justo, y de la misma manera se critica a sí mismo.
  • Cree que sus conocimientos son más importantes que sus sentimientos. Se jacta de sus conocimientos y de su memoria.
  • Cuando ha llegado a su límite, puede ser muy tajante, sarcástico, testarudo e intransigente.
  • Suele usar las siguientes palabras y expresiones: sin problema, justamente, exactamente, seguramente, siempre, jamás, correcto, supuesto, hace falta, (yo) debería, extraordinario, fantástico. Utiliza superlativos tales como: superbueno, especialísimo, hiperbonito, etc.

 

Texto extraido del libro “La sanación de las cinco heridas” de Lise Bourbeau.

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